
Fui, vi y escribí: El sacrificio de Iryna
Retrato de Iryna Osadcha, la directora del Museo de Historia Local de Kupiansk que murió a causa de un ataque ruso con misiles.Hola, ahí.Hace algunas semanas leí ...
Retrato de Iryna Osadcha, la directora del Museo de Historia Local de Kupiansk que murió a causa de un ataque ruso con misiles.
Hola, ahí.
Hace algunas semanas leí una historia estremecedora. Y cuando digo estremecedora me refiero a aquella clase de historias que no dejan de dar vueltas en tu cabeza una vez que llegaste a ellas, algo en lo que seguís pensando a propósito de cuestiones diversas como el destino, la violencia, los cuidados o la conducta humana.
En este caso, desde que leí la historia de Iryna Osadcha pienso seguido en ella, en su padecimiento, en su infortunio y en su coraje. En la apasionada dignidad con la que llevó adelante su tarea como directora de un museo histórico de una localidad alejada de los centros de poder y, sobre todo, en su muerte injusta.
Iryna es una de las víctimas de la guerra en Ucrania y quiero hablarte de ella.
Iryna Osadcha tenía 57 años y una enorme vocación de servicio. Cuando los rusos ocuparon su ciudad, eligió quedarse para proteger las piezas del museo que dirigía.La muerte en funciones
No había nada fuera de lo común en las rutinas de ese martes de primavera. Ya habían regado las plantas del jardín y se disponían a encender las computadoras en las oficinas para empezar a contestar los mails cuando escucharon la primera explosión.
Esa mañana del 25 de abril, en el Museo de Historia Local de Kupiansk, en el este de Ucrania, unas quince personas trabajaban con total normalidad hasta ese momento. Nadie dio ninguna orden, pero el miedo actuó como resorte y los impulsó a salir corriendo. Cada uno corrió hacia donde pudo y hasta que les dieron las piernas.
Así lo contaba Svetlana, una de las empleadas del museo, a periodistas del diario El País, pocas semanas después: “Algunos estaban en el primer piso y otros en el segundo. Luego de que cayó el primer misil, empezamos a bajar rápido; siempre nos habían dicho que abajo era el sitio más seguro. Ahí nos encontramos todos. Entonces cayó el segundo misil y sentimos que todo nos había caído encima, no podíamos respirar ni ver nada. Logramos salir todos, salvo dos personas. Ellas estaban más abajo que nosotros y en un rincón; posiblemente no consiguieron salir…”.
Esas dos personas que no pudieron abandonar el edificio eran Iryna Anatoliivna Osadcha, de 57 años, directora del museo en los últimos diez años, y su asistente, Olena Vodopianova (54), quien había comenzado a trabajar allí apenas una semana antes del ataque ruso. Ambas mujeres murieron aplastadas por los escombros. Varios de los empleados resultaron heridos con diferente grado de complejidad. La construcción quedó absolutamente destruida.
Era la última institución cultural que quedaba en pie en Kupiansk.
El Museo de Historia Local de Kupiansk, en el Este de Ucrania, quedó destruido luego del ataque de abril de este año.Proteger el patrimonio
Los empleados del museo, ahora sin dirección ni guía, buscan desde ese día salvar y proteger las piezas que son patrimonio de la localidad. No hablamos de pinturas, esculturas u objetos caros o lujosos sino de piezas que representan la historia local y la preservan como memoria. Tapices, alfombras, telares, prendas bordadas, artesanías varias, muñecos, fotografías, diarios, ropa antigua de mujer, joyas, artículos domésticos y hasta una colección de jarras y planchas. De eso se trata. Al ser objetos cotidianos, que narran la historia social y cultural de la ciudad, la mayoría habían sido donados por los habitantes de Kupiansk.
La directora del museo, que fue fundado en 1972 encima de los restos de un antiguo seminario religioso, se involucraba con las piezas al punto de que cuando una de las familias locales se decidió a donar un gran telar que habían tenido en el patio de su casa por décadas, Iryna no solo lo aceptó sino que mandó a repararlo y aprendió a utilizarlo para poder mostrarles la experiencia a los chicos que visitaban habitualmente el museo.
Todos lo que la conocieron coinciden en que el interés personal de esta mujer por el patrimonio y la cultura de Kupiansk, donde ella misma había nacido en 1966, ayudó a revitalizar el conocimiento de la historia local y familiar de los habitantes de la ciudad.
Le gustaba estar con los chicos, a los que les contaba personalmente el origen del nombre Kupiansk (por los pozos que cavan las marmotas), les mostraba mapas de otras épocas, les narraba historias de personajes locales conocidos y también les enseñaba a manejar el telar: disfrutaba mucho de esto último, era un buen modo de dejar como legado aquello que ella había aprendido de grande y a pura voluntad pero que los unía a las generaciones que los antecedieron. Una de sus grandes pasiones, cuentan, era recuperar refranes populares y cuentos de hadas de los pueblos eslavos.
Era tal su pasión por los cuentos de hadas, que había conseguido armar un archivo de esa literatura en el museo. Es tristísimo: el archivo resultó destruido durante uno de los ataques rusos en el transcurso de la guerra.
No se dejaba llevar por la ternura fácil, Iryna. Por eso, sus cuentos favoritos eran los que tenían por protagonista a Ivasyk-Telesyk, un niño que, gracias a su inteligencia y picardía, consigue derrotar a la serpiente maligna que busca deshacerse de él. Así lo explicaba risueña una de sus hijas: “En nuestra familia siempre bromeábamos diciendo que mientras otras abuelas les contaban a los niños relatos de Kolobok —el personaje principal de un cuento de hadas ruso representado como un ser pequeño, amarillo y con forma redonda, como un pancito— nuestra mamá les contaba a sus nietos los cuentos de un chico pillo, astuto”.
Los servicios de emergencia ucranianos retiran los cuerpos de Iryna Osadcha y su asistente, después del ataque al museo.Invasión, ocupación, recuperación
Kupiansk es un centro ferroviario grande, que une la región del Donbás —en guerra civil entre prorrusos y prooccidentales desde el 2014— con el resto de Ucrania. Está dentro de la provincia oriental de Jarkov, es fronteriza con Rusia y con las provincias ucranianas separatistas prorrusas Donetsk y Lugansk.
Ubicada a 80 km de la ciudad de Jarkov (la segunda más populosa del país), a Kupiansk la separan apenas 10 km de la línea de fuego desde donde dispara la artillería rusa.
Antes de la guerra, la localidad contaba con unos 26 mil habitantes, hoy no se sabe cuántas personas viven allí. A fines de febrero de 2022, a pocos días de la invasión a gran escala ordenada por el presidente ruso Vladimir Putin, el control de Kupiansk pasó a manos rusas y ocurrió de manera miserable, ya que fue entregado sin resistencia por su alcalde, Gennady Matsegor, quien pocos días después fue detenido por el gobierno central ucraniano, acusado de traición.
Los ucranianos recuperaron Kupiansk en septiembre de ese mismo año y desde entonces la ofensiva rusa sobre la ciudad es constante. Los ataques que destruyeron el museo y terminaron con la vida de Iryna y Olena fueron realizados con misiles S-300, proyectiles defensivos antiaéreos que los rusos se vieron obligados a utilizar para atacar objetivos terrestres debido a la escasez de armamento. Como son armas con menor precisión, pueden causar más daños y más víctimas. Por otra parte, las defensas aéreas ucranianas no pueden interceptarlos.
Cuando una ciudad es invadida y ocupada, a los habitantes no les quedan muchas opciones: procuran huir, toman las armas para combatir al invasor o aceptan vivir bajo la ocupación. Ninguna de estas decisiones es sencilla, todas conllevan riesgo y en todos los casos lo más complicado es convivir con los resultados de esa decisión que uno se vio obligado a tomar por circunstancias tan dramáticas como una guerra.
Amigos, compañeros heridos y vecinos de Iryna, en su funeral.El museo de Iryna
Aunque su familia consiguió dejar la ciudad poco antes de la invasión rusa, Iryna no quiso abandonar su museo. Y escribo “su museo” deliberadamente porque todo lo que leo sobre ella permite entender que defendió cada objeto de ese lugar comunitario como si se tratara de fragmentos de su propia vida.
Ante la llegada de los ocupantes, Iryna Osadcha diseñó un plan para proteger lo que consideraba más importante dentro de la colección. Todavía recuerdan con admiración el modo en que consiguió resguardar en casas de familias conocidas unas camisas bordadas que tienen más de un siglo de antigüedad y cómo, en cuanto pudo hacerlo, las llevó a Jarkov. En la semana de su muerte, ante la intensidad de los ataques rusos, Iryna estaba organizando una nueva evacuación de objetos del museo para protegerlos de la destrucción. Qué ironía, su vida no estaba entre esos objetos.
La necesidad de preservar la colección iba más allá del natural cuidado que puede procurar el responsable de un museo ante su posible destrucción por los ataques enemigos. La disputa feroz entre rusos y ucranianos se centra en territorios, en política, en religión y pone un especial énfasis en la necesidad de borrar todo resto de la cultura enemiga. De hecho, cuando Ucrania recuperó Kupiansk, en septiembre de 2022, acababa de comenzar el ciclo lectivo pero “reformateado” por Rusia y sin rastros de la lengua ni la cultura ucraniana.
Cuando los militares rusos entraron a la ciudad en febrero del 2022, Iryna Osadcha no pensó en escapar. Por el contrario, su mayor preocupación fue esconder las fotografías de los miembros de la resistencia que se exhibían en el museo desde 2014. Y es que uno de los primeros objetivos que se plantearon los rusos al ingresar fue ir a buscar personalmente a quienes los habían combatido en el Donbás en la etapa anterior del conflicto.
Las autoridades rusas le prohibieron salir de la ciudad. “Ellos resaltaron que mi madre era una figura pública y, por tanto, tenía que quedarse. La amenazaron con enviarla a la llamada ‘sala de reflexión’ si se negaba a seguir trabajando en el museo”, contó su hija Aliona Yakutina. Diferentes testimonios obtenidos en ciudades liberadas por los ucranianos revelan que “sala de reflexión” ese era el nombre cínico con el que llamaban a las salas en las que los ocupantes rusos sometían a los ucranianos a interrogatorios y torturas.
El presidente Zelensky, en una visita a las tropas de Kupiansk, en noviembre de 2023. La ciudad fue tomada por los rusos en febrero de 2022 y en septiembre de ese año fue liberada por los ucranianos. (PRESIDENCIA DE UCRANIA/)“En esos raros momentos en los que mi madre me llamaba desde la ocupación, insistía en que todo estaba bien, pero podía ver lágrimas en sus ojos a través de la pantalla. La vigilaban y controlaban constantemente”, recuerda su hija en un artículo de Mariana Matveichuk que puede leerse en la página del PEN de Ucrania en internet.
Iryna resistió la ocupación y demostraba su coraje hablando en dialecto de Kupiansk y vistiéndose con ropa típica ucraniana o en su respuesta al pedido de los ocupantes de organizar un evento para una celebración en el que se animó a repartir un libro en ucraniano titulado Kupiansk, a lo largo de la historia, junto con imanes que representaban a la ciudad sobre un fondo de bandera amarilla y azul, los colores de Ucrania. La suya fue una “resistencia suave”, señala la autora de la nota. Suave pero enérgica, me gustaría agregar.
Iryna Osadcha no solo resistió la invasión y la ocupación. También debió enfrentar la investigación de las autoridades ucranianas cuando recuperaron la ciudad y sometieron a interrogatorios durísimos a todos aquellos que habían permanecido como funcionarios públicos para evaluar su comportamiento. El estado ucraniano la consideró inocente de cualquier grado de traición y la autorizó a seguir a cargo de la dirección del museo, el lugar en donde un año y medio después perdería la vida.
El mismo día de los ataques rusos, el presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, habló de la muerte de Irina y de su misión infatigable de preservar el patrimonio de su cultura. Zelenski dijo además ese día que las fuerzas rusas destruyeron o dañaron más de 60 museos y galerías de arte desde el comienzo de la invasión, en febrero de 2022.
“No terminamos de creer que ellas ya no están con nosotros. Lo entendés con la cabeza pero el corazón no quiere aceptarlo. Ni lo que hacen con nuestra ciudad ni con toda esta destrucción que vemos. Es horrible todo esto”, le dijo Svetlana, una de las empleadas del museo, a los periodistas en un video que puede verse en los archivos del diario El País. No sabemos cuál es el apellido de Svetlana: se negó a darlo por temor.
Vive en una ciudad que está constantemente bajo fuego.
Jacques Jaujard, el director del Louvre que evitó el saqueo nazi de la colección, frente a "La Mona Lisa".Grandes rescates: el Louvre
En tiempos de guerra, aún cuando todas las vidas están en riesgo, algunas personas dedicadas al arte y a la historia consiguen pensar en el destino de las obras de arte y de los objetos y documentos históricos. Eso pasó con Iryna. Y también con personas que tuvieron más suerte que ella y que en su momento estaban a cargo de espacios de muchísimo valor y contaban con presupuestos mucho más importantes que los del pequeño museo de Kupiansk.
El episodio más conocido es el del Louvre, durante la ocupación nazi. El director del gran museo francés era Jacques Jaujard, quien además tenía el cargo de director de los Museos Nacionales. Jaujard había sacado las obras valiosas —entre ellas, La Mona Lisa de Leonardo Da Vinci— de París entre agosto y septiembre de 1939, por lo cual, pese a su simulación ante las autoridades nazis, las obras nunca estuvieron en el Louvre en el tiempo que París fue ocupada.
Las obras habían sido acondicionadas bajo las órdenes de los curadores y habían sido enviadas en furgonetas, durante especiales “paseos” nocturnos hacia castillos del sur y el oeste de Francia, donde estuvieron hasta el final de la guerra.
Cuando los alemanes se apoderaron de París, el 14 de junio de 1940, el Louvre había conseguido evacuar 3.600 pinturas, junto con miles de esculturas y objetos de arte, por toda Francia ante el peligro inminente de los bombardeos pero también de la codicia desmedida por el arte y los bienes suntuarios de los nazis, una cualidad ya conocida por entonces. Algunos miembros del personal del museo también se exiliaron, acompañaron estos trabajos y los restauraron mientras estaban escondidos. El museo, sin embargo, permaneció abierto, ofreciendo exhibiciones magras.
En su película Francofonía, el notable director ruso Aleksandr Sokurov cuenta esta historia y lo hace desde la perspectiva de lo que fue la relación de Jaujard —el director del Louvre— con el conde Franz Wolff-Metternich, historiador del arte que había sido designado como responsable en Francia del Kunstschutz nazi, que aunque formalmente era el departamento para la “protección del arte”, en realidad era el área que iba a supervisar el saqueo de miles de obras de arte en toda Europa.
Aunque debía ocuparse de conseguir la mayor cantidad de obras de arte posible de museos y colecciones privadas, Wolff-Metternich no hizo la tarea que le encomendaron y, por el contrario, colaboró con las maniobras dilatorias de Jaujard, lo que derivó en que, insatisfechos con sus funciones, fuera llamado de regreso a Alemania en 1942. Como otros aristócratas, Wolff-Metternich no pertenecía al partido nazi y sí era un amante del arte. En 1952, por sugerencia de Jaujard, el presidente francés Charles De Gaulle le otorgó al noble la Legión de Honor.
Joseph Obeli, de origen armenio, fue el director del Museo del Hermitage que planificó la evacuación de los dos millones de piezas de la colección, ante el avance de los nazis, en 1941. (FotoSoyuz/)Salven al Hermitage
Hitler había ordenado destruir completamente la ciudad y también a sus habitantes. El sitio nazi de Leningrado (hoy San Petersburgo) tuvo lugar entre septiembre de 1941 y enero de 1944 y no solo fue el asedio más hostil de la Segunda Guerra Mundial sino que está considerado —razonablemente— como uno de los episodios históricos más dramáticos, por la cantidad de muertos (alrededor de un millón de personas) y los daños materiales.
Los alemanes invadieron la Unión Soviética en junio de 1941 y, en apenas diez días, autoridades y curadores de la Galería Tretiakov y del Museo Pushkin de Moscú habían conseguido evacuar fuera de la capital a la mayoría de los objetos valiosos de sus colecciones, algunos de ellos, obras monumentales.
La Galería Tretiakov de Moscú consiguió evacuar su colección en diez días, cuando los nazis estaban por entrar a la Unión Soviética.En Leningrado, la colección del Museo del Hermitage —complejo que tiene como edificio principal el antiguo Palacio de Invierno, donde residían los zares— estaba conformada por alrededor de dos millones y medio de objetos y si las cosas salieron bien en materia de protección, evacuación y preservación tuvo que ver en primer lugar con la incansable tarea de su director, el armenio Joseph Abgarovich Orbeli, pero también por otros factores.
Uno de ellos, que en las últimas etapas en las que la colección era propiedad privada, los Romanov no hicieron grandes adquisiciones ni aportes, no había en ellos la misma inclinación al arte que tuvo en su momento Catalina la Grande, quien en 1764 compró una colección de 225 cuadros de pintura neerlandesa y flamenca en Berlín —en realidad, el propietario las envió como pago por sus deudas con el fisco ruso— con la que dio inicio a la formación de la que hoy es una de las mayores pinacotecas del mundo.
Ahí va la explicación de por qué terminó siendo positivo que durante tanto tiempo no hubiera compras: porque durante ese tiempo, curadores y expertos pudieron catalogar, organizar y clasificar todo el patrimonio, algo que terminó siendo clave cuando Orbeli comenzó a planificar la evacuación de la colección ante el avance de los nazis.
Por razones que no se conocen, ya en 1937 Orbeli había mandado a hacer a través de un equipo de carpinteros especiales una enorme cantidad de cajas de diferentes tamaños. Cuando comenzó la guerra, en 1939, las cajas llegaron al Hermitage: cada empleado contaba con las indicaciones para proceder a embalar y guardar las piezas y también los caminos que debían seguir en esa ruta de evacuación.
Según la investigadora principal del Departamento de Historia y restauración de monumentos arquitectónicos del Hermitage, Svetlana Yanchenko, “todo estuvo muy bien planificado: se preparó toda la documentación necesaria con anticipación, se creó un cronograma para el pedido y el lugar de embalaje, se desarrolló una ruta para su transporte: qué escaleras bajar, por qué escalera y las secuencias para subirlas y así sucesivamente”.
En junio de 1941, cuando las tropas rusas se acercaban a la URSS, Orbeli pidió autorización para evacuar las obras pero Stalin se la negó, bajo el argumento de que no convenía mover nada para no dar imagen de derrota o desesperación. Orbeli indicó a sus equipos proceder a acomodar las obras en las cajas. Cuando finalmente Stalin autorizó la evacuación, medio millón de piezas ya estaban empaquetadas y se había ganado un tiempo precioso para poder salir de la ciudad.
La exquisita colección del Museo del Hermitage fue iniciada por la zarina Catalina La Grande. (REUTERS/Anton Vaganov) (Anton Vaganov/)En su diario personal, Orbeli anotó: “El 22 de junio de 1941, todos los empleados del Hermitage fueron llamados al museo. En el embalaje participaron investigadores, personal de seguridad y empleados técnicos, y no dedicaron más de una hora al día a comer y descansar. Y a partir del segundo día, cientos de personas que amaban el Hermitage acudieron en nuestra ayuda... Tuvimos que obligar a esta gente a comer y descansar: querían más al Hermitage que a su propia fuerza y salud”.
El 1 de julio partió hacia Sverdlovsk (Ekaterimburgo), en los Urales, el primer tren llevando parte de la magnífica colección: casi treinta vagones. Por motivos de seguridad, no se les dijo a los maquinistas el destino final del tren. Hubo un segundo envío con 700 mil piezas y ya no hubo más: cuando se disponían a un tercer viaje en tren con las obras, las tropas nazis habían cerrado todos los accesos a la ciudad.
Los objetos restantes fueron trasladados a los pisos inferiores, al sótano y a refugios antiaéreos construidos apresuradamente, en donde también encontraron refugio empleados del museo con sus familias y otras personas del ambiente académico y cultural. Durante el sitio de Leningrado, más de 2.000 personas vivieron en esos refugios imperiales y Orbeli organizaba, incluso en los momentos más dramáticos, algunas visitas y veladas de poesía.
Hay una anécdota que leí en un sitio del experto y coleccionista Miguel Bermúdez y que me encanta. Ludmila Voronikhina, historiadora del arte del Hermitage, lo cuenta así: “En invierno, reventó una tubería y el agua helada inundó el sótano. Un equipo de ancianas guías del museo acudió al rescate, bajaron al lago subterráneo helado en total oscuridad, y fueron con cuidado con botas de goma para evitar aplastar los jarrones sumergidos, las vajillas y las pastoras de Meissen (N. de la R.: figuras de porcelana) bajo sus pies”.
El 10 de octubre de 1945 todas las obras de arte que habían sido evacuadas regresaron al Hermitage.
....................................
Fui dos veces a San Petersburgo, en viajes por coberturas y por mis libros. En ambas oportunidades visité el Hermitage: creo que no hay lugar en el mundo que me resulte más fascinante que ese complejo compuesto por cinco edificios, esas obras de arte y toda la historia que hay detrás.
Son 22 mil metros cuadrados, 24 kilómetros de galerías, 1786 puertas y 1945 ventanas. Allí está la célebre y voluptuosa escalera de San Jorge, aquella que transitaban los diplomáticos y nobles en tiempos de esplendor social y que la cámara de Aleksandr Sokurov inmortalizó en El arca rusa. No podés dejar de ver esa película, si aún no lo hiciste.
Esta es la foto que tenía en su portada de Facebook Edgardo Cozarinsky. De una visita a Clara, en Entre Rios. Su padre nació en las colonias judías de esa provincia.Cozarinsky, un autor indispensable
No puedo terminar este envío sin hablar de Edgardo Cozarinsky, un artista excepcional, un intelectual refinado y un hombre generoso. Cozarinsky murió el domingo, a los 85 años. El cáncer lo acorralaba desde 1999, pero con su clásica elegancia fue dilatando la cita con la muerte y convirtió ese plus de vida en plus de obra.
Cineasta, narrador, ensayista y crítico, se interesaba por la historia, la cultura, el arte y la política. Conversar con él era asistir a un festival de sabiduría, experiencia y curiosidad, porque nunca perdió las ganas de saber y de conocer más sobre aquello que le interesaba.
Ilustro este recuerdo con una foto de Edgardo en Clara, Entre Ríos, allí donde nació su padre y también nació mi abuelo —una de esas coincidencias de las que conversábamos, champancito o café de por medio— y aprovecho para recomendarte su película Carta a un padre, que puede verse en Youtube, y en donde recupera esa parte de su historia familiar en un registro lírico, sensible, hermoso.
En estos años escribí sobre sus últimos libros y también conseguí arrancarle una entrevista, por Turno noche, una de sus novelas. La noticia de su muerte, como a muchos amigos y colegas, me llevó a releer algunos de sus libros, un ejercicio que nos ayuda a despedirnos mejor, me parece.
Dos datos, por si aún no leíste a Cozarinsky y querés hacerlo.
Algunos de los libros de Edgardo Cozarinsky.Su libro La novia de Odessa es hermoso (el cuento que lleva el nombre del libro me sigue resultando deslumbrante) y su Museo del Chisme, que reúne su ensayo sobre lo que llamaba “el relato indefendible” y una serie de miniaturas deliciosas sobre personajes diversos y situaciones insólitas, es ese libro que necesitamos tener siempre en la mesita de luz para recurrir a él cada vez que el cielo parece caerse sobre nosotros.
Y ahora sí te digo chau y también te digo gracias por tantos mensajes cálidos y hermosos. Te recuerdo mi mail, es hpomeraniec@infobae.com.
Las imágenes que acompañan este envío son de Iryna Osadcha (una fotografía y una pintura de un autor desconocido por mí), de lo que quedó del museo que ella dirigía, de su funeral, del rescate del Louvre, un retrato de Joseph Orbeli, director del Hermitage que dirigió la evacuación de la colección y la hermosa foto que Edgardo Cozarinsky tenía como portada de su cuenta de Facebook.
Te deseo de corazón que pases una buena semana. Estamos viviendo todos momentos muy difíciles y de mucha hostilidad; elijo pensar que seguramente tenés cerca amores y gente querida que te ayudan a sosegar esta nueva temporada argentina en la incertidumbre.
Hasta la próxima.
*Para suscribirte a “Fui, vi y escribí” y a otros newsletters de Infobae, ingresá acá.
** Para leer los “Fui, vi y escribí” anteriores, clickeá acá.
Fuente: https://www.infobae.com/cultura/2024/06/06/fui-vi-y-escribi-el-sacrificio-de-iryna/