
¿Quién es violento, Martín?
La doble vara oficialista expone una pregunta inevitable: ¿quién violenta realmente la convivencia democrática?
El presidente de la Cámara de Diputados acusa de violencia a la oposición y al gobernador riojano, pero guarda silencio ante la retórica agresiva y las descalificaciones sistemáticas de Javier Milei -agravadas en el bochornoso episodio del Congreso- que su propio espacio político convirtió en método. La doble vara oficialista expone una pregunta inevitable: ¿quién violenta realmente la convivencia democrática?
Hay acusaciones que, por su gravedad histórica y política, exigen un mínimo de coherencia en boca de quien las pronuncia. Cuando el presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, tilda de “violento” al gobernador riojano Ricardo Quintela y a la oposición, no solo emite una descalificación política: construye un marco moral. El problema es que ese marco se derrumba apenas se lo contrasta con el discurso sistemático -al que se suma el bochornoso episodio de anoche en el Congreso de la Nación- del propio presidente Javier Milei, jefe político de Menem.
Porque si hay un rasgo distintivo del liderazgo de Milei desde su irrupción pública hasta su ejercicio presidencial es, precisamente, la violencia verbal. No como exabrupto ocasional, sino como método. El presidente ha hecho de la agresión un dispositivo de construcción política: opositores convertidos en “enemigos”, adversarios transformados en “ratas”, “parásitos” o “degenerados”, el Estado previo descripto como una “organización criminal”, sectores sociales estigmatizados como parte de una casta a “exterminar”. No se trata de interpretaciones: es su léxico habitual, reiterado, celebrado y amplificado por su propia fuerza política.
En ese contexto, la acusación de violencia dirigida a la oposición adquiere un tono inevitablemente hipócrita. No porque la confrontación política no exista -es constitutiva de la democracia- sino porque resulta insostenible denunciarla selectivamente mientras se la ejerce desde el vértice mismo del poder. La violencia que Martín Menem dice ver en los otros es, en gran medida, el lenguaje que su propio presidente ha normalizado como estilo de conducción.
La contradicción es más profunda que una mera disputa retórica. Cuando Milei llama “golpistas” a gobernadores o dirigentes opositores, banaliza un término cargado por la historia argentina de rupturas institucionales, persecución y terrorismo de Estado. Y esa banalización no es aislada: convive con su relativización de la cifra de desaparecidos, con su cuestionamiento del consenso democrático sobre la última dictadura y con debates abiertos en su entorno político sobre eventuales beneficios o indultos a militares condenados por crímenes de lesa humanidad. En ese marco, ¿quién ataca a la democracia? ¿Quién degrada el lenguaje político hasta vaciar de sentido las palabras más graves de nuestra historia?
Espejo invertido
Que el presidente de la Cámara de Diputados no advierta -o decida no advertir- esa violencia discursiva estructural en su propio espacio revela algo más que alineamiento partidario: expone una lógica de doble vara. La oposición es “violenta” cuando cuestiona; el oficialismo es “frontal” cuando agrede. Los gobernadores son “golpistas” cuando disienten; el presidente es “valiente” cuando insulta. Así, la acusación se convierte en espejo invertido: se le imputa al adversario aquello que se ejerce desde el poder.
La democracia argentina ha convivido con antagonismos intensos, pero también ha construido, con dificultad y memoria, ciertos límites simbólicos: el respeto institucional, la gravedad de los términos vinculados al quiebre democrático, el consenso básico sobre el terrorismo de Estado. Cuando desde la cúspide del Estado esos límites se erosionan y luego se acusa a otros de violencia, la palabra institucional pierde densidad y la crítica política se vuelve caricatura.
Por eso la cuestión no es si la oposición es más o menos vehemente, sino si quienes gobiernan están dispuestos a medir su propio discurso con la misma vara que aplican a los demás. Hasta ahora, la respuesta de Martín Menem parece ser negativa. Y en esa negativa no solo se expone una inconsistencia personal: se transparenta el problema mayor de un oficialismo que denuncia la violencia mientras la practica como identidad.