
El termómetro social que alarma a la Rosada
Mientras el gobierno de Javier Milei insiste en mostrar músculo digital y una maquinaria libertaria aceitada en redes sociales, distintos estudios de opinión y monitoreos de conversación online empiezan a exhibir otra cara del clima social: el enojo dejó de ser una reacción aislada y empieza a consolidarse como estado de ánimo dominante.
El dato surge de un relevamiento realizado por el consultor en comunicación política José Norte Sosa, quien analizó con inteligencia artificial más de nueve millones de menciones sobre el Presidente durante los últimos tres meses. El resultado encendió alarmas incluso entre quienes reconocen la eficacia del aparato oficialista en el ecosistema digital: por cada mensaje de esperanza aparecen 4,2 expresiones de bronca o rechazo.

La conclusión del informe es contundente. El llamado Índice de Tolerancia Social cayó a -28,6 puntos y fue ubicado en “zona crítica”. Para Norte Sosa, la conversación pública atraviesa una etapa de deterioro emocional acelerado: “La emoción dominante online hoy es el enojo”, sintetizó.
La paradoja es evidente. El oficialismo conserva una de las estructuras de comunicación digital más agresivas y coordinadas de América Latina. La maquinaria que orbita alrededor del asesor presidencial Santiago Caputo continúa marcando agenda, amplificando consignas y disciplinando el debate público en plataformas. Sin embargo, el despliegue ya no alcanza para revertir el malestar social que empieza a filtrarse incluso en el territorio donde el mileísmo supo construir fortaleza: las redes.
El desgaste también aparece en las encuestas tradicionales. Un estudio nacional de la consultora Proyección planteó un hipotético balotaje entre Milei y el gobernador bonaerense Axel Kicillof. El resultado mostró al dirigente peronista con una ventaja estrecha, pero simbólicamente relevante: 41,7% contra 39,4%.

La misma consultora registró otro dato inquietante para la Casa Rosada. El Índice de Confianza Pública pasó en mayo de una zona de “confianza moderada” a una franja definida directamente como “desconfianza”. La caída, aunque gradual desde comienzos de año, se profundizó en las últimas semanas y coincide con un deterioro creciente de la percepción sobre el rumbo económico y político del país.
Según Norte Sosa, el gobierno conserva “un megáfono muy potente” gracias a la hiperactividad libertaria en redes, pero eso no implica necesariamente capacidad para revertir el humor social. El problema ya no es la falta de difusión oficial sino la acumulación de malestar cotidiano que empieza a perforar la narrativa épica del ajuste.
La situación se agravó además por el impacto político de la crisis que envuelve al jefe de Gabinete Manuel Adorni. Investigaciones judiciales por inconsistencias patrimoniales y declaraciones juradas deterioraron su imagen pública y, según los estudios, arrastraron también la del Presidente.
De acuerdo al análisis de Norte Sosa, la conversación digital sobre Adorni tiene una carga emocional “14 puntos más negativa” que la de Milei. En cualquier manual clásico de comunicación política, un funcionario debilitado suele funcionar como fusible para preservar la figura presidencial. Pero Milei eligió el camino contrario: blindar políticamente a su colaborador más cercano, aun al costo de absorber parte del desgaste.
Otro estudio, realizado por la consultora Trespuntozero de Shila Vilker, mostró cómo mutó el imaginario colectivo alrededor del Presidente. En 2022 predominaba la palabra “loco”. Cuando asumió en diciembre de 2023, el concepto dominante pasó a ser “esperanza”. Hoy, según la última medición, la palabra que encabeza la percepción pública es “corrupto”.
La transformación semántica no es menor. Expresa un cambio profundo en la relación emocional entre el gobierno y una parte de la sociedad que, hace apenas dos años, veía en Milei una ruptura con la política tradicional.

“La Argentina digital pasó del descontento al desprecio”, concluye Norte Sosa. Su investigación ubica en 73,7% el volumen de emociones negativas asociadas al Presidente —entre enojo, rechazo y asco— y advierte que el umbral de estabilidad democrática suele encender alarmas mucho antes de esos niveles.
En la Casa Rosada todavía confían en que el control del relato alcance para amortiguar el deterioro. Pero las redes, ese territorio que supo ser el principal refugio libertario, empiezan a devolver señales que ya no pueden ocultarse detrás de los algoritmos.